Novena al
Espíritu Santo
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| JUAN 6,27 |
La beata italiana Elena Guerra, preparó esta Novena en 1890 y la llamó: “El nuevo cenáculo” ; después, la hizo llegar a manos del papa León XIII en 1894. Tanto la devoción de la Beata por el Espíritu Santo, como su constante comunicación con el Papa solicitándole, que invitara a todos los cristianos a la devoción por el Espíritu de Dios, hizo que Su Santidad publicara una carta apostólica llamada Provida Matris, sobre la devoción al Espíritu Santo; además, publicó una encíclica llamada Divinum illud Munus, sobre la presencia y virtud admirables del Espíritu Santo, en ella exhortó a toda la Iglesia con estas palabras: “Decretamos, por lo tanto, y mandamos que en todo el mundo católico en este año, y siempre en lo por venir, a la fiesta de Pentecostés preceda la novena en todas las iglesias parroquiales y también aun en los demás templos y oratorios, a juicio de los Ordinarios”. (Cfr. Divinum Illud Munus n°16)
1. PRIMER DÍA:
Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios Nuestro; en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
ORACIÓN INICIAL PARA TODOS LOS DÍAS
Ven Espíritu Santo, enciende los corazones de tus fieles e infunde en ellos el fuego de tu amor; envía tu Espíritu Señor y todo será creado y renovarás la faz de la tierra. Dios omnipotente, que instruiste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, haz que apreciemos rectamente todas las cosas según el mismo Espíritu y gocemos siempre de sus consuelos, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
ORACIÓN ANTES DE LA MEDITACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Oh Divino Espíritu, que por la Iglesia eres llamado Creador, no solamente porque estás en relación con nosotros, creaturas; sino también, porque moviendo en nuestras almas, santos pensamientos y afectos, creas en nosotros aquella santidad que es obra tuya. Venga también sobre nosotros tu benéfica virtud, y en cuanto a nosotros, te honraremos con este devoto ejercicio. Dígnate visitar con tu Divina Luz nuestra mente, y con tu Suprema Gracia nuestro corazón, para que nuestras oraciones suban agradables a ti, y del cielo, descienda sobre nosotros la abundancia de tus divinas misericordias. Amén.
MEDITACIÓN: LAS ACCIONES DEL ESPÍRITU SANTO EN NUESTRAS ALMAS
Esa bellísima y noble creatura que es el alma humana, creada por la paternal Mano de Dios, fue por el Eterno Amor enriquecida con las más selectas virtudes, que en ella produzcan sus frutos, gracias a la acción vivificante del mismo Amor que es el Espíritu Santo.
Las acciones de este Divino Espíritu en las almas son admirables, en cuanto más las contemplamos, más nos llenamos de la maravilla de su consolación. Inaccesible por su naturaleza, el Espíritu Santo se vuelve accesible por su infinita bondad, sobre todo con las almas que lo desean, al comunicarse con ellas de modo inexplicable. Él las llena de Sí, les hace sentir su presencia con luces, inspiraciones y gracias confortables de toda clase, que aunque sean simples en su esencia, son variados y múltiples sus efectos. En la obra de la santificación de las almas, puede afirmarse que el Espíritu Santo es todo en todos.
Este dogma del inefable obrar del Espíritu Santo en el alma del cristiano, muestra claramente una verdad que lo eleva a una dignidad incomprensible, he aquí una expresión de esta verdad: ¡Un Dios se ocupa de mí!, ¡un Dios se preocupa por hacerme el bien! Su preocupación predilecta es desear mi perfección, Él trabaja en mí, piensa siempre en mí, ¡no cesa de trabajar por mí!; ¿Y por qué todo eso?, porque me ama y me ama infinitamente; ¿por qué?, porque yo soy una feliz creatura de los eternos y amorosos cuidados de Dios.
Si esta verdad fuera por ti bien considerada y bien entendida, ¿Qué más te importaría, oh alma cristiana, de las cosas de la tierra? Tú, tan amada por Dios, ¿Cómo podrías desaprovechar sus afectos, desperdiciándolos por los bienes de esta tierra? Si te conocieras a ti misma y a Aquel que obra en ti, estarías muerta para el mundo y el mundo muerto para ti, y vivirías desde ahora toda en Dios.
Ven Espíritu Santo, enciende los corazones de tus fieles e infunde en ellos el fuego de tu amor; envía tu Espíritu Señor y todo será creado y renovarás la faz de la tierra. Dios omnipotente, que instruiste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, haz que apreciemos rectamente todas las cosas según el mismo Espíritu y gocemos siempre de sus consuelos, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
ORACIÓN ANTES DE LA MEDITACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Oh Divino Espíritu, que por la Iglesia eres llamado Creador, no solamente porque estás en relación con nosotros, creaturas; sino también, porque moviendo en nuestras almas, santos pensamientos y afectos, creas en nosotros aquella santidad que es obra tuya. Venga también sobre nosotros tu benéfica virtud, y en cuanto a nosotros, te honraremos con este devoto ejercicio. Dígnate visitar con tu Divina Luz nuestra mente, y con tu Suprema Gracia nuestro corazón, para que nuestras oraciones suban agradables a ti, y del cielo, descienda sobre nosotros la abundancia de tus divinas misericordias. Amén.
MEDITACIÓN: LAS ACCIONES DEL ESPÍRITU SANTO EN NUESTRAS ALMAS
Esa bellísima y noble creatura que es el alma humana, creada por la paternal Mano de Dios, fue por el Eterno Amor enriquecida con las más selectas virtudes, que en ella produzcan sus frutos, gracias a la acción vivificante del mismo Amor que es el Espíritu Santo.
Las acciones de este Divino Espíritu en las almas son admirables, en cuanto más las contemplamos, más nos llenamos de la maravilla de su consolación. Inaccesible por su naturaleza, el Espíritu Santo se vuelve accesible por su infinita bondad, sobre todo con las almas que lo desean, al comunicarse con ellas de modo inexplicable. Él las llena de Sí, les hace sentir su presencia con luces, inspiraciones y gracias confortables de toda clase, que aunque sean simples en su esencia, son variados y múltiples sus efectos. En la obra de la santificación de las almas, puede afirmarse que el Espíritu Santo es todo en todos.
Este dogma del inefable obrar del Espíritu Santo en el alma del cristiano, muestra claramente una verdad que lo eleva a una dignidad incomprensible, he aquí una expresión de esta verdad: ¡Un Dios se ocupa de mí!, ¡un Dios se preocupa por hacerme el bien! Su preocupación predilecta es desear mi perfección, Él trabaja en mí, piensa siempre en mí, ¡no cesa de trabajar por mí!; ¿Y por qué todo eso?, porque me ama y me ama infinitamente; ¿por qué?, porque yo soy una feliz creatura de los eternos y amorosos cuidados de Dios.
Si esta verdad fuera por ti bien considerada y bien entendida, ¿Qué más te importaría, oh alma cristiana, de las cosas de la tierra? Tú, tan amada por Dios, ¿Cómo podrías desaprovechar sus afectos, desperdiciándolos por los bienes de esta tierra? Si te conocieras a ti misma y a Aquel que obra en ti, estarías muerta para el mundo y el mundo muerto para ti, y vivirías desde ahora toda en Dios.
MOMENTO PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL
¡Oh Espíritu Santo, Eterno Amor!, esta pobre alma no encuentra palabras para expresar la dulce maravilla y el recogimiento que experimenta pensando en ti, ¡oh Altísimo Dios!, que te has dignado ocupar de esta mezquina creatura y le has hecho continuamente el bien, te agradezco de corazón; pero al mismo tiempo, siento la necesidad de pedirte perdón por haber valorado tan poco y correspondido tan mal, a tu amoroso obrar en mi alma. Tú me colmas de favores y favores tan grandes, que ni yo mismo consigo comprender, concédeme otro favor: aquel de hacerme apreciar los beneficios de tu Amor y de ayudarme a corresponderte fielmente. ¡Oh Espíritu Santo!, abre los ojos de mi mente, con aquella luz de la cual eres origen y fuente, y hazme conocer mejor los efectos del infinito amor que me ofreces, ¡oh Espíritu Santo!, mueve mi corazón a la verdadera y constante gratitud.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS
¡Oh prometido y suspirado Consolador!, Espíritu Santo, procedente del Padre y del Hijo, que escuchando la unánime oración de los discípulos del Salvador, fraternalmente reunidos en el Cenáculo, descendiste para consolar y santificar la Iglesia naciente; sé propicio a nuestras súplicas, descienda otra vez tu Divino Fuego en los corazones de los hombres. Haz resplandecer tu luz hasta los confines de la tierra; llama nuevamente al seno de la Madre Iglesia Romana, a todas las iglesias separadas.
Oh Espíritu Santo, que eres el Amor ¡piedad de tanta mediocridad y de tantas almas que se pierden!; haz que rápidamente acontezca aquello que David profetizaba diciendo: “Envía tu Espíritu”. Haznos nuevas creaturas, y así renovarás la faz de la tierra. A partir de esta consoladora profecía, unidos en oración, como nos enseña la Iglesia, con plena confianza repitamos: ¡Envía tu Espíritu Señor y todo será creado, y renovarás la faz de la tierra!
Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre. Himno al Espíritu Santo. Frase conclusiva.
VEN CREADOR ESPÍRITU AMOROSO
(himno de las primeras vísperas de Pentecostés, Tomo II)
Ven, Creador, Espíritu amoroso, ven y visita el alma que a ti clama y con tu soberana gracia inflama los pechos que criaste poderoso.
Tú que abogado fiel eres llamado, del Altísimo don, perenne fuente, espiritual unción, fuego sagrado.
Tú te infundes al alma en siete dones, fiel promesa del Padre soberano; tú eres el dedo de su diestra mano, tú nos dictas palabras y razones.
Ilustra con tu luz nuestros sentidos, del corazón ahuyenta la tibieza, haznos vencer la corporal flaqueza, con tu eterna virtud fortalecidos.
Por ti, nuestro enemigo desterrado, gocemos de paz santa duradera, y siendo nuestro guía en la carrera, todo daño evitemos y pecado.
Por ti al eterno Padre conozcamos, y al Hijo, soberano omnipotente, y a ti Espíritu de ambos procedente, con viva fe y amor siempre creamos. Amén.
Ven, Creador, Espíritu amoroso, ven y visita el alma que a ti clama y con tu soberana gracia inflama los pechos que criaste poderoso.
Tú que abogado fiel eres llamado, del Altísimo don, perenne fuente, espiritual unción, fuego sagrado.
Tú te infundes al alma en siete dones, fiel promesa del Padre soberano; tú eres el dedo de su diestra mano, tú nos dictas palabras y razones.
Ilustra con tu luz nuestros sentidos, del corazón ahuyenta la tibieza, haznos vencer la corporal flaqueza, con tu eterna virtud fortalecidos.
Por ti, nuestro enemigo desterrado, gocemos de paz santa duradera, y siendo nuestro guía en la carrera, todo daño evitemos y pecado.
Por ti al eterno Padre conozcamos, y al Hijo, soberano omnipotente, y a ti Espíritu de ambos procedente, con viva fe y amor siempre creamos. Amén.
Veni Creator Spiritus (Texto original del himno, que es una secuencia para cantar antes de la proclamación del Evangelio, especialmente en la solemnidad de Pentecostés. El texto se atribuye a san Rábano Mauro, docto monje del siglo IX. Texto Original en Latín).
Veni Creator Spiritus, mentes tuorum visita, imple superna gratia, quae tu creasti pectora. Qui diceris Paraclitus, altissimi donum Dei, fons vivus, ignis, caritas, et spiritalis unctio. Tu septiformis munere, digitus paternae dexterae, tu rite promissum Patris, sermone ditans guttura. Accende lumen sensibus, infunde amorem cordibus, infirma nostri corporis, virtute firmans perpeti. Hostem repellas longius, pacemque dones protinus; ductore sic te praevio, vitemus omne noxium. Per te sciamus da Patrem noscamus at que Filium; teque utriusque Spiritum credamus omni tempore. Deo Patri sit gloria, et Filio, qui a mortuis surrexit, ac Paraclito in saeculorum saecula. Amen.
V. Loquebantur variis Linguis Apostoli. Alleluia.
FRASE FINAL PARA CONCLUIR LA NOVENA (El signo de la Santa Cruz debe hacerse al mismo tiempo que se lee la siguiente frase conclusiva) † El Señor nos bendiga
2. SEGUNDO DÍA
- Por la señal de la Santa a Cruz…
- Oración inicial para todos los días.
- Oración antes de la meditación para todos los días.
MEDITACIÓN: EL ESPÍRITU SANTO HABITA EN NOSOTROS
Esta es una consoladora verdad manifestada en el Evangelio: “Porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.” (Mt 10, 20). Esta verdad es confirmada por el apóstol Pablo cuando escribe a los Corintios: “¿No sabéis que el Espíritu Santo habita en vosotros?, ¿y no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?” (1 Co 6,19). Es por eso que la Iglesia Católica se alegra en llamar al Divino Espíritu, Dulce Huésped del Alma; Huésped que reviste de la gracia santificante, que irriga de divina luz y que hace capaz al alma de las obras merecedoras de la vida eterna.
Según Santo Tomás, el Espíritu Santo es para nuestra alma lo que el alma misma es para nuestro cuerpo. Al igual que un cuerpo no puede vivir sin el alma, un alma privada del Espíritu Santo está muerta; muerta para la gracia, muerta al santo amor e incapaz de conquistar méritos para el cielo. ¡Ay de quien expulsa con el propio pecado al Dulce Huésped del Alma!, porque expulsa el amor, la gracia y pierde la propia vida.
Sí, ¡oh cristiano!, el Espíritu habita en ti, y si tienes fe, debes estar convencido siempre de esta verdad: nunca te encontrarás solo, está contigo el Dulce Huésped del Alma; está contigo de día y de noche, en la fatiga y en el reposo, en la escasez y en la abundancia; contigo estará —y más que nunca— en la oración y en la tribulación.
¡Ah!, ¡si tú supieras valerte de la presencia de un amigo tan bueno y poderoso!, ¡si en las tentaciones, en los peligros y en las angustias te acordaras que tienes el Espíritu Santo dentro de ti!, ¡y si a él recurrieras prontamente cuando se preocupara tu pequeño corazón! Detén tu pensamiento algunas veces durante el día en consideración de esta dulcísima verdad: ¡el Espíritu Santo habita en mí!, si pensaras así, no tendrías sólo alegrías, sino también nuevas fuerzas para avanzar en los caminos de la virtud.
MOMENTO PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL
¡Oh Altísimo Dios!, que en todo siempre eres admirable y grande, pero aún más, en las obras de amor; elegiste al alma cristiana para tu tabernáculo y no sólo le conferiste tus bienes, sino que te donaste a ti mismo.
¡Ah!, ¡si tu bondad fuera al menos apreciada por algunas almas! ¡y si tú no fueras tan contristado y ofendido por esas almas que deberían amarte tanto!
Me arrepiento, ¡oh Sumo Amor!, de haberte entristecido tantas veces con mi frialdad, mi olvido e ingratitud. Me arrepiento también, de haberte expulsado de mi corazón y de haber dado lugar a tu eterno enemigo, el pecado, y con éste al demonio. Pero, sé que una sincera lágrima de arrepentimiento servirá para llamarte; sé que eres más amoroso que una dulce madre; eres siempre pronto a perdonar; por eso, con confianza te digo: ¡ven oh Espíritu Santo!, ¡ven a esta alma que no quiere entristecerte más!, ¡ni ofenderte jamás!
- Oración final para todos los días.
- Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre.
- Himno al Espíritu Santo y frase conclusiva.
3. TERCER DÍA
- Por la señal de la Santa a Cruz…
- Oración inicial para todos los días.
- Oración antes de la meditación para todos los días.
MEDITACIÓN: EL ESPÍRITU SANTO NUESTRO CONSOLADOR
Después del pecado original la miserable descendencia de Adán sufre por el dolor, consecuencia no sólo del primer pecado, sino también de las obras cometidas por nosotros mismos. Ahora bien, el Espíritu Santo, que es Amor, no dejará sufrir a sus amados sin derramar sobre ellos muchas consolaciones. Y es porque él nos consuela, que la Iglesia lo llama “Consolador Perfecto”, y tiene para él los más dulces nombres: “Padre de los Pobres”, “Reposo en el Cansancio”, “Dulce Respiro”, “Alivio en el Llanto”.
Él no quita de nuestras manos aquel cáliz de amargura que debemos beber a semejanza del Salvador; sin embargo, el Espíritu Santo sabe mezclar su dulzura con nuestras amarguras en los dolores que nos vienen de parte de las creaturas; él nos da el consuelo de su gracia en las desgracias, nos da un dulce y tranquilo impulso para estar conformes. En cada sufrimiento el Espíritu Santo nos da un rayo de su luz, que nos hace entender que por detrás de aquel mal, existe un bien, una voz de verdad, que nos recuerda las eternas recompensas por las que sufrimos; gracias a esa voz de verdad el alma atribulada, que a él se entrega, es consolada por el Perfecto Consolador.
Si tenemos un Perfecto Consolador, ¿por qué el mundo está repleto de afligidos?, ¿por qué en toda parte se derraman lágrimas?, ¿por qué se escuchan gemidos de dolor?, ¿por qué se llega al suicidio?; desafortunadamente, debemos afirmar que estos no conocen al Espíritu Santo, que es el verdadero Consolador de la humanidad, por esta razón el sufrimiento de ellos no tiene consuelo.
Pero, ¿por qué eso acontece también entre los cristianos?, la razón es clara: también entre los cristianos, poco se conoce, y menos aún, se honra y se ora al Espíritu Consolador. No obstante, si vemos almas que en el sufrimiento se mantienen tranquilamente confortadas, podemos regocijarnos porque ellas están con el Espíritu Santo, y si vemos algunas que en medio de las tribulaciones pueden repetir como San Pablo que sobreabundan de alegría, podemos asegurar que ellas están colmadas de Espíritu Santo y llenas de verdadera consolación.
MOMENTO PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL
¡Oh alma mía débil y mezquina!, el Espíritu Santo no te ha colmado de todos los divinos consuelos, porque tú lo conoces poco, lo honras poco, además, fría y rara vez lo invocas. Cuando la tristeza, el abatimiento, la melancolía y toda especie de dolor oprimían mi alma, ¡tú oh Consolador Perfecto!, esperabas de mí sólo una mirada, un suspiro, un impulso de confianza filial para abandonarme en el seno de tus divinos consuelos. Perdona mi ignorancia y mi desconfianza con las que te he tratado hasta ahora; en este momento te abro toda mi alma, ¡oh Divino Consolador!, y te prometo que en todos los dolores de esta vida, recurriré inmediatamente a tu socorro, y no procuraré otro consolador sino a ti, oh Padre de los Pobres, Reposo en el Cansancio y Alivio en el Llanto.
- Oración final para todos los días.
- Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre.
- Himno al Espíritu Santo y frase conclusiva.
4. CUARTO DÍA
- Por la señal de la Santa a Cruz…
- Oración inicial para todos los días.
- Oración antes de la meditación para todos los días.
MEDITACIÓN: EL ESPÍRITU SANTO ES EL DADOR DE LOS DONES
Es propio del amor beneficiar y repartir dones, esto sucede especialmente con el Espíritu Santo, que es el Amor por excelencia, y lo hace con las criaturas necesitadas que se confían a tan grande Proveedor, el cual les concede no sólo aquello que le es pedido, sino que responde con abundancia ante cada solicitud y deseo. Sus verdaderos devotos son los que reciben del Él un filial temor, que los aparta del pecado; una fervorosa piedad, que los hace más queridos por Dios y benevolentes con el prójimo; una ciencia, que endereza los propios juicios y hace que se vean claramente las cosas de Dios; una sobrehumana fortaleza, donde todo obstáculo es superado; un celeste consejo, para distinguir los movimientos de la gracia y para elegir prudentemente los medios más apropiados para la salvación; un sobrenatural intelecto, que es sustento para la fe y luz para la voluntad; y finalmente, una sabiduría celestial, que los lleva a adherir sus pensamientos y voluntades al querer divino, colocándolos en perfecto acuerdo con Dios.
¿Cómo es que teniendo un Benefactor tan abundante de gracias y de dones, somos tan pobres?, pobre es nuestro espíritu de celestiales dones, carente es nuestro corazón de virtudes, despojada y sin méritos es nuestra alma; entonces, ¿de dónde surge la pobreza, si están abiertos ante nosotros los tesoros del Paráclito, dador de todo bien que nos ama infinitamente?; sí, el Espíritu Santo nos ama infinitamente y concede sus mejores dones a aquellos que los desean, a quienes piden, a aquellos que finalmente le corresponden.
Con la mano en el corazón, ¡oh cristiano!, reconoce tu pobreza espiritual y pide, como corresponde, las inspiraciones, las luces y las gracias del Paráclito. ¿Deseaste ardientemente sus preciosos dones?, ¿pediste con fervorosa y constante oración?, ¿despojaste tu corazón de las cosas de la tierra, para enriquecerte de los tesoros del cielo? Reflexiona y responde.
MOMENTO PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL
Confieso, ¡oh Amor Supremo de la humanidad!, confieso que la deplorable pobreza de esta alma es pobreza voluntaria; yo mismo me encadené, porque no aprecié, no deseé, y no pedí favores celestiales, riquezas que tú tan amorosamente derramaste en tus criaturas; he obrado peor aún, yo que recibí tantas veces tu dulce libertad, tantos dones, inspiraciones y gracias; no te correspondí, y como el siervo ingrato del Evangelio, enterré tus dones en el lodo más negligente de mi pereza y en la dejadez de mi indiferencia. ¡Oh Dios mío!, ¿cuánto mal yo hice a tu infinita bondad? y ¿cuánto mal me hice a mí mismo?; sin embargo, tú eres el Amor, el Amor omnipotente. No quieras castigar este siervo infiel, al contrario, acepta mi arrepentimiento unido a la promesa de corresponder, en un futuro, a tus dones.
- Oración final para todos los días.
- Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre.
- Himno al Espíritu Santo y frase conclusiva.
5. QUINTO DÍA
- Por la señal de la Santa a Cruz…
- Oración inicial para todos los día.
- Oración antes de la meditación para todos los días.
Llamamos frutos del Espíritu Santo aquellos preciosos efectos que él produce en las almas, mediante la infusión de sus dones, que puestos a disposición de ellas, las fecundan de actos sobrenaturales y de virtudes que son frutos de santidad y de vida eterna. Nuestra naturaleza, corrompida por Adán, se parece a un árbol silvestre que da frutos amargos e ingratos, en estos árboles el Espíritu Santo realiza un saludable injerto que, de cierto modo, les hace transformar su naturaleza; donde el jugo vital, o sea la virtud natural actuante en el hombre, pasa por el nuevo injerto en el que recibe las buenas cualidades y da frutos dulces y sanos. Y, hablando con propiedad, no es el hombre que produce aquellos buenos frutos, sino el Espíritu Santo, principio eternamente fecundo de vida sobrenatural.
Todo árbol, bueno o malo, se conoce por los frutos que produce, y cada rama fructífera del árbol será podada por Dios, con el fin de que produzca mayor fruto. (Cfr. Luc 6, 43-44; Jn 15, 2). Por lo tanto, no basta el injerto para que un árbol ruin produzca buenos frutos, es preciso que el empeñado agricultor lo cultive y le haga la poda; y aquí es donde sucede el miserable naufragio de la virtud, de tantos cristianos que reniegan ante el sufrimiento; ellos gozan de ser injertados con el precioso brote de la gracia divina, pero no quieren después que la mano providente del celeste agricultor los pode, esto es, no quieren despojarse totalmente de sus afectos terrenos, no quieren cortar generosamente sus pasiones favoritas, —incluso, quisieran ser ramas fructíferas del árbol del paraíso—, además quieren retener en sí mismos, los parásitos salvajes del antiguo enemigo, es decir, los afectos mundanos: el amor propio, el orgullo, la avaricia y cosas semejantes. Pero, esas vergonzosas ramas que, incluso ante el precioso injerto, permanecen salvajes y estériles, ¿al final no serán rechazadas y arrojadas al fuego?
MOMENTO PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL
¡Oh Divino Espíritu!, cuando reflexiono que en mi alma también realizas ese injerto saludable, por el que ella debería producir frutos de vida eterna; inmerso en mi deplorable inestabilidad, libero un amargo suspiro en mi corazón… ¿Dónde están aquellos frutos que yo, como rama de un árbol divino debería producir?, ¿dónde están aquellos frutos que deberían estar maduros, por los ardores celestiales del Espíritu Santo?, ¿cuántos son?, ¿son perfectos?; ¡un amargo suspiro es la respuesta!; pero, ¿de quién es culpa esta vergonzosa esterilidad?
Señor, me acuso delante de tus pies: ¡la culpa es mía, y toda mía!, yo no quise que por tu Mano Bendita fueran quitadas, en mi revés, las hierbas dañinas de las pasiones y de los vicios, y rechacé el hierro palpitante de la mortificación cristiana; la indiferencia se opuso a las santas obras; la frialdad y la inconstancia apagaron mi fervor; no correspondí fielmente a tus gracias, al Divino Espíritu; soy semejante a una planta estéril e inútil, que no está apta sino para ser lanzada al fuego, ¡Dios mío al el fuego del infierno no quiero ir!, lánzame, más bien, en el fuego de tu Amor, que purifica las almas y las vuelve fecundas de santos frutos.
- Oración final para todos los días
- Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre.
- Himno al Espíritu Santo y frase conclusiva.
6. SEXTO DÍA
- Por la señal de la Santa a Cruz…
- Oración inicial para todos los días.
- Oración antes de la meditación para todos los días.
MEDITACIÓN: EL ESPÍRITU SANTO ES NUESTRO ABOGADO
Los débiles, los huérfanos y quienes carecen de derechos, tienen la necesidad de un defensor, de un abogado que tenga en el corazón los intereses de ellos y trabaje para hacerles el bien. A los cristianos no les falta este Abogado, fue nuestro amado Salvador quien nos lo prometió, nos lo dio y es su mismo Amor: el Espíritu Santo. Sin embargo, ¿quién podrá decirnos todo el bien que nos hace este Abogado, ese Amor eterno cuyas palabras, obras y relaciones con las almas son todas amor?
Y este Amor —como sabemos por medio de San Pablo— está especialmente con nosotros y viene en auxilio de nuestra debilidad cuando rezamos. Nuestra miseria es tan grande, que no sabemos orar como conviene; nuestra ceguera es tan grande, que ni siquiera sabemos qué pedir; es aquí que nos ayuda el Espíritu Santo, que dentro de nosotros ora y suplica con gemidos inenarrables; así, Dios que escruta nuestro corazón, que conoce muy bien aquello que pedimos —con gemidos inspirados por el Espíritu Santo— nos da la consoladora certeza de ser escuchados.
¡Por lo tanto, Dios mismo ora en mí!, el eterno Amor viene a suscitar en nosotros santos gemidos y enciende muchos afectos en nuestro corazón, de esa forma, nos ayuda a invocar la divina misericordia. El Espíritu Santo reza en mí y eleva mi alma a las fuentes de la vida eterna, enriqueciéndola de todo bien. El Espíritu Santo ora en mí y me da tanta eficacia en mis pobres fuerzas, que es preciso honrar y agradecer dignamente al Altísimo. El Espíritu Santo ora en mí y los tesoros de la gracia divina se abren delante de mí y a mi favor, se abren también para todos aquellos por quienes rezo.
¿Qué puede ser negado para aquel cuya oración sube al cielo unida a los gemidos inenarrables del Divino Amor?, y si este fuera el único bien alcanzado por la devoción al Espíritu Santo, ya seríamos suficientemente felices. ¿El Espíritu Santo también rezará en aquellos que lo olvidaron?
MOMENTO PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL
¡Oh divino Abogado de las almas, que eres todo Amor, siempre Amor, perfecto Amor!; yo exulto y me alegro al saber que eres así, tan bueno, y que te has dignado morar dentro de nosotros, orar en nosotros y enviar al corazón del Padre celeste esos preciosos e inefables gemidos, que lo mueven a concedernos toda gracia. ¡Cómo me arrepiento ahora, oh Espíritu Santo, de conocerte tan poco y apreciar tan limitadamente tu infinito poder de intercesión y de oración dentro de mí!
Si mi oración ha sido hasta hora distraída e ineficaz, es porque yo no pensaba en ti, mi divino Abogado, porque siguiendo la confusión de estos tiempos, yo no procuré una instrucción religiosa y no cultivé la devoción para contigo, mi Maestro, mi Consolador y Santificador de mi alma. Pero, a partir de ahora, no será así; te pido perdón, oh Espíritu Santo, prometo no olvidarte más y proclamar a los demás las verdades católicas, que son luz para la mente y alegría para el corazón.
- Oración final para todos los días.
- Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre.
- Himno al Espíritu Santo y frase conclusiva.
7. SÉPTIMO DÍA
Por la señal de la Santa a Cruz…
Oración inicial para todos los días.
Oración antes de la meditación para todos los días (p. 1).
MEDITACIÓN: ¡OH DIVINO PARÁCLITO! ERES EL SANTIFICADOR DE LAS ALMAS
Si el Creador no quisiese elevar el alma humana a la vida sobrenatural, renovando su imagen y soplando sobre ella el Hálito Divino, estaríamos perdidos. Cuando Dios se comunica con la criatura, soplando sobre ella, le da siempre espíritu, vida, gracia, amor, mejor dicho, se da a Sí mismo. Una creatura que tiene el Espíritu Santo de Dios, no puede vivir sólo siguiendo las razones de la naturaleza terrena, que casi siempre se oponen a la gracia celestial; por el contrario, la gracia quiere elevarnos a la participación de la naturaleza divina.
Pero, ¿Quién dará a una creatura de la tierra, ayuda y fuerza para vivir según la sublime vocación de un ser divinizado?, este milagro es obra del Divino Espíritu Santo, que es el Santificador de las almas; el cual con fuerza y suavidad conduce las almas al santo vivir, al que nosotros llamamos vida sobrenatural, que consiste no sólo en observar los mandamientos de la ley de Dios, sino en dirigir a él siempre todo nuestro ser, nuestro querer, nuestro hacer y sufrir, viviendo así únicamente para él.
El nombre de Santificador de las Almas es dado al Espíritu Santo en la Divina Escritura, para indicar que él es principio y fuente de toda santidad, de él vienen las gracias, las luces, los consuelos y la ayuda para nuestra santificación; de hecho, es el que ilumina al pecador en su estado de peligro, lo despierta del sueño de la muerte, lo inspira en el deseo de volver a Dios, lo ayuda a curar el corazón del triple germen del mal, que consiste en el orgullo, la sensualidad y la avaricia. El Santificador lo hace mirar la dulzura de la virtud, la alegría de la paz y el consuelo del amor divino. Él reforma nuestro interior, mostrando la preciosidad de los sufrimientos y el premio de las buenas obras; él completa en nosotros la obra admirable de Dios, comunicando virtudes santificadoras en nuestras acciones. En verdad, el Divino Espíritu cumple con nosotros aquella promesa de la Sagrada Escritura: “Les daré un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Los sacaré de sus sepulcros —del mortífero estado de culpa— les daré mi espíritu y vivirán. Yo, dice, yo lo haré (Ez 37). ¿Qué más podría prometer el Señor tan consolador como esto?
MOMENTO PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL
¡Oh Dios mío!, al considerar todas las obras de tu Amor, me doy cuenta que siempre son más admirables que todos los prodigios. El hombre creado por ti, llega a ser elevado a un estado de excelencia casi divina, y poco menor que la de los ángeles. ¡Oh Dios!, el hombre pecó, perdió el Espíritu Santo, y se hizo esclavo de lucifer. Sin embargo, tu mano vino sobre el hombre caído y lo levantó del antiguo terror; para levantar al hombre, el Divino Verbo se abajó hasta vestirse de nuestra naturaleza; fuiste al patíbulo y le arrebataste a satanás el poderío sobre los hombres, que fueron rescatados por la sangre de Dios, fueron hechos hombres nuevos por el Espíritu Santo, que los enriquece de dones y gracias, los santifica, los abraza… ¡Dios mío!
Y saber que esta maravilla de amor la realizaste por nosotros y en nosotros, también por mí y en mí. ¿Cómo haré para amarte y no pensar sino en ti? ¡Oh Espíritu Santo de Amor!; perdóname, perdona a todos los cristianos por la ingratitud de tenerte olvidado; de ahora en adelante, ¡Oh Divino Espíritu!, nos uniremos para glorificarte y honrarte, no como mereces porque es imposible, pero sí de la mejor manera que podamos hacerlo.
- Oración final para todos los días.
- Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre.
- Himno al Espíritu Santo y frase conclusiva.
8. OCTAVO DÍA
Por la señal de la Santa a Cruz…
Oración inicial para todos los días
Oración antes de la meditación para todos los días.
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MEDITACIÓN: NUESTROS DEBERES PARA CON EL ESPÍRITU SANTO
El Espíritu Santo, como Dios, tiene también todo el derecho de adoración, sumisión y amor, al igual que debemos hacerlo con el Padre y el Hijo. Como él nos hace partícipes de su naturaleza, es el Santificador de nuestras almas; y como reside en nosotros sustancialmente, le debemos la ofrenda de una oración humilde y confiada, pidiéndole fuerza, para vencer las tentaciones; luz, para conocer mejor nuestros deberes; y la gracia, para santificar todas nuestras acciones a fin de que le sean agradables.
Además, le debemos docilidad a sus inspiraciones y reconocimiento por sus incesantes beneficios. Como el Espíritu Santo es Amor y el Amor debe ser amado —entre todos estos deberes— lo que debe reinar es la primacía del Amor. Y como nosotros, miserables creaturas, no podemos jamás amar adecuadamente al Amor Infinito, amemos al menos como podamos y procuremos que él sea también más conocido y más amado por otros.
Pero, ¿cómo cumpliremos nuestros deberes con el Espíritu Santo, si fría y raramente nos acordamos de él?, ¿el olvido es adoración?, ¿el olvido es gratitud?, ¿es amor?; no, al contrario, es ingratitud, es desamor, es desprecio. Para nosotros, que conscientemente vivimos en lo sobrenatural, ¿existiría mayor vergüenza que vivir todo el día como si el Espíritu Santo no existiera, como si él no habitara personalmente dentro de nosotros?; por tanto, si quieres cumplir todos tus deberes con el Espíritu Santo, comienza por tenerlo presente en tu pensamiento, recuerda varias veces su amor, sus beneficios, y entre todas tus devociones, no falte, o mejor, abunden ofrendas y oraciones en su honor.
MOMENTO PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL
¡Oh divino Espíritu Santo!, ¡cómo me engañaba pensando que era solamente con mis pecados que te entristecía!, ahora sé que te entristecía aún más cuando te olvidaba. ¿Quién es también el más olvidado entre los fieles? y si ni siquiera recordamos al Eterno Amor, ¿cómo podremos cumplir nuestros deberes para contigo?; debemos arrepentirnos de nuestra ingratitud y pedir perdón. Te pedimos perdón, ¡oh Espíritu Santo!, y te prometemos honrarte en el futuro, con actos de especial adoración y de verdadero reconocimiento. Eres el Autor y el Dador de la gracia, el Santificador y Dulce Huésped del alma; por todo esto, con total devoción debemos volver a ti todos nuestros pensamientos.
- Oración final para todos los días.
- Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre.
- Himno al Espíritu Santo y frase conclusiva.
9. NOVENO DÍA
- Por la señal de la Santa a Cruz…
- Oración inicial para todos los días.
- Oración antes de la meditación para todos los días.
MEDITACIÓN: LOS BENEFICIOS DEL ESPÍRITU SANTO
Sin duda, los beneficios revelan al Benefactor, y cuantos más excelentes y múltiples son los beneficios, más excelente y más amoroso es el Benefactor; nosotros nunca podremos llegar a conocer todos los beneficios que recibimos del Espíritu Santo; por su parte, la Iglesia, con los nombres que le concede, nos muestra gran parte de sus gracias llamándolo Luz de los corazones; la Iglesia, a través de explicaciones divinas, nos da a conocer la gracia hermosa que el Espíritu Santo comparte con nosotros; lo llama Fuego, porque nos recuerda cómo por medio de él vienen a nuestro corazón las llamas del Divino Amor; lo llama Dulce Huésped del Alma, porque nos asegura su presencia en nosotros; también lo llama Padre de los Pobres, Dispensador de Dones, Fuente Viva, Consolador Perfecto; de él recibimos incesantemente múltiples beneficios. Las simbólicas formas que quiso asumir para dirigirse a los mortales, son la mejor vía para conocer los beneficios del Paráclito.
En el bautismo del Salvador, el Espíritu Santo asume la forma de una cándida paloma; en el misterio de la Transfiguración de nuestro Señor, San Ambrosio, Santo Tomás y otros, reconocen al Espíritu Santo en la nube radiante que aparece sobre el Tabor, como símbolo de la amorosa protección del Paráclito sobre nosotros, y al mismo tiempo, lo reconocen como principio de aquella fecundidad sobrenatural, que el propio Espíritu Santo infunde en las almas; después, aparece en el Cenáculo como Fuego celeste, y dispensa muchos de sus beneficios, principalmente, aquel de esclarecer y de inflamar las almas de santos ardores, de comunicarles la admirable actitud de hacer el bien y de conducirlas a actuar, no humanamente y según la naturaleza, sino divinamente y según la gracia; y como el fuego convierte en fuego aquello que en él es inmerso, así el divino fuego del Espíritu Santo si no puede hacernos divinos por naturaleza, lo hará por gracia. Admira, ¡oh alma fiel!, estas maravillas de amor, y di si no serán para ti grandes ventajas. Como devotos del Espíritu Santo, seguramente obtendremos sus beneficios.
MOMENTO PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL
¡Oh divino Espíritu Santo!, entre todos tus dones, existe uno infinitamente más precioso que los otros; Don que no tiene un nombre en particular, porque eres tú mismo quien verdaderamente te das a las almas justas. Pero, ¿por qué dije que ese Don no tiene nombre?, por supuesto que lo tiene, dado por ti, pues lo llamaste Don Altísimo de Dios, y no hay otro nombre que mejor le convenga. ¿Y qué harán nuestras almas al final de esta novena, oh Espíritu Santo?, pediremos el Don de Dios Altísimo ¡Tú mismo!, y para obtenerlo, dejaremos lugar en nuestro corazón, arrancando todo afecto que no te agrada. ¿Y tú, Eterno Amor, qué harás?, ¡haz todo lo que hiciste en el Cenáculo!
¡Ven!, ¡ven!, ¡ven!; visita las mentes de tus siervos y colma los corazones de abundantes gracias. !Ven!, y con tus llamas erradica de nosotros el viejo Adán; ¡Ven!, y pósate en las facultades de mi alma y de mis sentidos, gobierna y dirige todos mis actos para ti; extiende tus beneficios a todos los creyentes, y así obtendremos más rápidamente la renovación de la faz de la tierra.
- Oración final para todos los días.
- Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre.
- Himno al Espíritu Santo y frase conclusiva.
